El solemne caminar de la Historia suele vincular el simbolismo de ciertos lugares con los personajes que allí actuaron. Pero, al considerar la figura de Elías, nos sorprende constatar que la grandeza de su profetismo trascendió los límites del tiempo y del espacio…
¡Carmelo!… Palabra que resuena en la Historia como una campana. Evoca acontecimientos grandiosos, trae a la memoria hazañas proféticas y hechos extraordinarios de hombres elegidos. Montaña de los profetas, donde Elías, el ígneo, enfrentó a los sacerdotes de Baal y los mató en el valle del Cisón (cf. 1 Re 18, 18-40). Monte de las promesas, en el cual el mismo profeta vio y saludó desde lejos (cf. Heb 11, 13) a la Bienaventurada Virgen María, prefigurada en la nubecilla que subió del mar anunciando una lluvia torrencial sobre Israel (cf. 1 Re 18, 42-46).
Pero el Monte Carmelo también encierra una simbología mística. Al referirse a la esposa del Cantar de los Cantares, el autor sagrado dice que su cabeza “se yergue como el Carmelo” (7, 6); e Isaías profetiza que el “esplendor del Carmelo” (35, 2) será dado a aquella que, cual tierra virgen, hará florecer el lirio. Por eso, algunos autores medievales afirmaron que la palabra Carmelo podría significar alabanzas a la Esposa, y que el carmelita sería aquel que se las canta.[1]
La montaña del Carmelo
Los lugares elevados siempre han desempeñado un papel importante en la Historia de la salvación. Las Sagradas Escrituras nos lo demuestran al mencionar el Monte Sinaí como lugar sagrado de la Revelación y de la Ley, o el monte Sión, donde el Señor Dios estableció su Santuario. Lo mismo sucede con el Carmelo.
Este monte se encuentra en Israel y se adentra en el mar Mediterráneo, en dirección sur, desde la bahía de Haifa. La montaña está cubierta de frondosa vegetación, lo que le confiere el nombre de Karmel, cuyo significado en hebreo es viña o huerto,[2] o, como propone Dom Guéranger, “plantación del Señor”.[3]
En tiempos de Elías, el acceso al Monte Carmelo era extremadamente difícil, lo que favorecía la soledad y el recogimiento. Siglos más tarde, San Juan de la Cruz lo relacionaría con el ascenso de un alma en la vida espiritual al escribir su célebre obra Subida del Monte Carmelo. Probablemente, todas estas características llevaron al tesbita a elegir este lugar para establecer en él la comunidad de sus discípulos, llamados “hijos de los profetas” (2 Re 2, 3).
La estirpe de los profetas
Elías pasó sus días ejerciendo la venganza de Dios contra el mal que se extendía por Israel y reconciliando los corazones de los padres con los hijos (cf. Eclo 48, 1-10). ¡Bienaventurados aquellos que lo conocieron y fueron honrados con su amistad! (cf. Eclo 48, 11). Sin embargo, el Señor de los Ejércitos, por cuya causa el profeta velaba ardientemente, lo arrebató junto a Sí en presencia de Eliseo, quien permaneció en la tierra como depositario del espíritu y del profetismo de su maestro.
Los hijos de los profetas se reunieron junto a Eliseo y, reconociendo en él el espíritu de Elías (cf. 2 Re 2, 15), lo eligieron como el primero entre ellos. Eliseo pasó a ser, para aquel núcleo profético y su posteridad, lo que Pedro sería para la Iglesia:[4] poseyendo una primacía como Elías, “nada hubo que lo pudiera vencer” (Eclo 48, 14a). Habiendo recibido el manto de su señor, perpetuó el profetismo en la tierra y “su cuerpo, incluso después de la muerte, hizo profecías” (Eclo 48, 14b).
La Orden del Carmelo en sus orígenes
Los hijos de los profetas, ya en tiempos de Eliseo, construyeron una morada en el Carmelo para poder vivir juntos (cf. 2 Re 6, 1-7), retirados como ermitaños. A partir de entonces, la tradición carmelitana está llena de misterios. ¿Cómo se desarrolló la existencia de esta estirpe de Elías hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Habrían dado origen a otras formas de vida, como los esenios? ¿Supieron ellos, quizá por revelación, que habían llegado los tiempos del Mesías? Poco se conoce sobre esto…
Una hermosa tradición afirma que los hijos espirituales de Elías y Eliseo se hicieron cristianos con la primera predicación de los Apóstoles y que ya entonces conocieron a María Santísima, cuya venida sus padres habían profetizado en el Monte Carmelo. Por eso, regresaron con mayor fervor al monte santo y edificaron una capilla dedicada a Nuestra Señora en el mismo lugar donde Elías había visto la nubecilla. Este hecho les valió el título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.[5]
Hasta el siglo XII, estos ermitaños aún eran desconocidos en Occidente, pues vivían únicamente en aquella elevación. En aquella época, se unieron a ellos algunas personas procedentes de Europa a raíz de la formación del Reino Latino de Jerusalén, iniciada con las Cruzadas. Fue entonces cuando San Bertoldo de Calabria fue elegido primer Prior General de los Carmelitas, por mandato del legado pontificio Aymeric de Malifaye, y los solitarios del Carmelo comenzaron a adoptar las costumbres conventuales ya vividas en Occidente.[6]
Al soplo de la gracia: de Oriente a Occidente
Entretanto, en la Europa medieval surgía una nueva forma de vida religiosa: las Órdenes Mendicantes. Los frailes franciscanos y dominicos atraían vocaciones por todas partes. Al mismo tiempo, en Oriente, las invasiones sarracenas amenazaban la vida de los cristianos y los ermitaños del Carmelo se vieron obligados a abandonar aquel lugar sagrado, cuna del profetismo y de su vocación. La Providencia, sin embargo, tenía un designio al permitir tales vicisitudes: ¡extender el Carmelo por todo Occidente!
Así, en el año 1238 llegaron los primeros monjes carmelitas a Sicilia, Chipre y España.[7] Sin embargo, era tal el número de religiosos mendicantes en aquellos lugares que con frecuencia se producía la siguiente escena. Para cumplir con el ideal evangélico, dos frailes recorrían las casas pidiendo limosnas o alimentos, y siempre eran atendidos generosamente. Entretanto, comenzaron a aparecer unos hábitos distintos, que provocaban cierta burla: una túnica marrón, con un cordón en la cintura y una capa listada, es decir, blanca con franjas beige o marrones. Cuando les preguntaban a qué Orden pertenecían o quién era su fundador, los monjes respondían, de acuerdo con la regla, que eran los sucesores de Elías y Eliseo y que procedían del Monte Carmelo…[8]
Reforma del hábito y aparición del escapulario
Así comenzaba la epopeya carmelitana en la Cristiandad occidental. Las costumbres europeas los obligaron a sustituir la capa listada por una de color blanco, tal como permanece hasta nuestros días. Pero la Santísima Virgen aún deseaba confirmar la predilección que tenía por sus hijos del Carmelo.
El primer capítulo general de los carmelitas en Occidente, reunido en Inglaterra, eligió como prior a San Simón Stock, quien inició la lucha por la aprobación de su Orden ante el Sumo Pontífice. En la noche del 15 al 16 de julio de 1251, Nuestra Señora se apareció al Santo y le entregó, como señal de su elección, el escapulario, diciendo: “Quien muera con este hábito no sufrirá las llamas eternas”.
A partir de entonces, esta vestidura mariana sería el distintivo principal del carmelita. Así como Elías entregó su manto a Eliseo, gesto que simboliza no solo el discipulado, sino también que el discípulo pertenece al maestro, del mismo modo la Santísima Virgen dejaba consignado para siempre que quien lleva su escapulario le pertenece a Ella. Y confirmaba una vez más a los miembros de la Orden del Carmelo —que por Ella habían vivido en la esperanza desde los días del profeta Elías, que la habían amado incluso antes de su nacimiento y que junto a la fuente del Monte Carmelo habían cantado sus alabanzas para anunciar su llegada— que le pertenecían, que eran sus discípulos y sus profetas.
¿Dónde encontrar a Elías?
Nuestro Señor Jesucristo vino para cumplir la Ley y los profetas, siendo Él mismo la Ley y la Profecía realizada. Sin embargo, sus palabras también están envueltas en los misterios del profetismo…
Acababa de tener lugar la Transfiguración. Atónitos, los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan habían contemplado a Moisés y Elías envueltos en gloria, conversando con el Maestro. Los discípulos, reunidos en torno a Él, escucharon entonces estas sublimes palabras: “Elías, en verdad, debe volver y restablecer todas las cosas” (Mt 17, 11).
En efecto, el espíritu de Elías alentó a muchas almas a lo largo de la Historia de la Iglesia y las manifestaciones de su profetismo resplandecieron con matices siempre nuevos en sus hijos espirituales. Ya el Bautista había causado asombro en Israel, señalado por el propio Redentor como un nuevo Elías (cf. Mt 11, 14). ¿Y cómo no vislumbrarlo, ya durante la era de la Nueva Ley, en los arrebatos místicos de un San Juan de la Cruz o en las encendidas profecías de un Beato Francisco Palau? La humanidad discernió la gloria del tesbita en la gesta incomparable de San Simón Stock, en las hazañas militares heroicas de San Nuno Álvares Pereira y en la milagrosa protección de Ana de San Bartolomé frente a los herejes calvinistas.
Del elevadísimo grado de unión de Elías con Dios brotaron innumerables gracias para la Orden. Sin duda, místicas como Santa Teresa Margarita Redi, Santa María Magdalena de Pazzi y Santa Isabel de la Trinidad son apenas destellos de aquel mismo profetismo de Elías que en lo alto del Horeb declaró con ardor: “Me consumo de celo por el Señor, Dios de los Ejércitos” (1 Re 19, 14).
Finalmente, la sangre de Elías aún regó abundantemente la Historia, haciendo florecer para la gloria de los Cielos incontables mártires, bañando las tierras de Compiègne, Guadalajara, Dachau, Gora… ¡Cuántos frutos más se pueden esperar de un espíritu que engendró desde la gran Santa Teresa hasta la virgen guerrera de Lisieux, Santa Teresita del Niño Jesús?
Sin embargo, aún resuena en los corazones que arden de esperanza por la gloria de Dios la profecía del Señor: “¡Elías debe volver!”. ¿Habrá llegado ya el Elías profetizado por el Divino Maestro? ¿Estará próximo el momento en que el orden sea restablecido en el mundo y en la sociedad? ¿Será que, como afirma San Pablo, “queda un resto, según la elección de la gracia” (Rom 11, 5), que no dobló las rodillas ante Baal (cf. 1 Re 19, 18), una pequeña nube, anuncio del advenimiento de María sobre la tierra?
Subamos, pues, a la montaña sagrada del Carmelo y busquemos en el horizonte las señales del regreso del profeta Elías… ¡Ciertamente las encontraremos! ◊
Notas
[1] CICCONETTI, O. Carm., Carlo. El profeta Eliseo, primogénito y modelo de los carmelitas. En: VV.AA. Eliseo, o el manto de Elías. Burgos: Monte Carmelo, 2000, p. 74.
[2] Cf. VÁZQUEZ ALLEGUE, Jaime. כרמל. En: Diccionario bíblico hebreo-español español-hebreo. 2.ª ed. Estella: Verbo Divino, 2003, p. 113; POLENTINOS, OSA, Valentín. Carmelo. En: DIEZ MACHO, MSC, Alejandro; BARTINA, SJ, Sebastián (Dirs.). Enciclopedia de la Biblia. 2.ª ed. Barcelona: Garriga, 1969, v. II, col. 149.
[3] GUÉRANGER, OSB, Prosper. L’Année Liturgique. Le temps après la Pentecôte. 10.ª ed. París: H. Oudin, 1913, t. IV, p. 156.
[4] Cf. CICCONETTI, op. cit., p. 70.
[5] Cf. GUÉRANGER, op. cit., p. 149.
[6] Ídem, p. 149-150.
[7] Cf. ORTEGA, OCD, Pedro. Historia del Carmelo Teresiano. 3.ª ed. Burgos: Monte Carmelo, 2010, p. 33.
[8] La primera regla carmelita fue escrita por San Alberto, Patriarca de Jerusalén, en el siglo XII, cuando San Bertoldo ya era Prior General del Carmelo. Sin embargo, con el traslado a Occidente, fue necesario reformar la regla primitiva, en la que se añadió este detalle sobre la petición de limosnas y la respuesta que debía darse a las preguntas sobre la Orden.
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